Hace
tan sólo un día que se ha celebrado el día grande de los cementerios de España,
el día de los difuntos, de los muertos o de las ánimas. Me gusta más el segundo
nombre porque me resulta más cercano y directo, así lo nombraban mis padres, mi
abuela y la gente del barrio. Todos los cementerios se han llenado de visitas
de familiares de los que allí posan. Ha habido muchos trasiegos, rezos,
comentarios, llantos y alguna sonrisa, se han llenado de flores las tumbas,
sepulturas, nichos y panteones y se han cubierto de color y olores, en
definitiva de todo lo que allí falta: de
vida.
Se
vuelve a reponer el Don Juan Tenorio del vallisoletano José Zorrilla. La
Hostería del Laurel es más visitada que de costumbre para tapear y ver si
coinciden con alguna representación del Don Juan, y los sevillanos descubren
que hacía tiempo que no paseaban por el Barrio de Santa Cruz, hoy colmado de
turistas que bienvenidos sean por su curiosidad por nuestra historia, nuestra
cultura y manera de entender la vida y no por su dinero.
Lo
que entiendo, pero no justifico, es el porqué las instituciones declaran festivo
el día anterior, el día uno, el de todos los santos y es que en definitiva
importan más la iglesia oficial que el pueblo llano que se duele cada año con
el recuerdo de sus seres cercanos y profundamente queridos. Así nos ponen las
cosas los influyentes poderes, como a ellos les viene bien o simplemente para
que quede claro el principio de ‘autoridad’ en el orden establecido, quien es
quien decide y quien puede reconducir sentimientos afectivos tan naturales y
viejos como el homo sapien que, por cierto, no tenía santos y sí muertos.
La cueva: